Abraham y Sara: fe en las promesas de Dios


Cerca de las desembocaduras de los ríos Tigres y Eufrates, la antigua Mesopotamia (el castigado Iraq de hoy), se encuentran las ruinas de Ur. En esa ciudad, hace más de 3800 años, vivía entre la población seminómada un tal Abrán. Él era el patriarca de un clan y estaba casado con Saray. Ambos eran de avanzada edad. Vivían una vida como la de los demás, cuando Abrán un día escuchó una voz. Dios le pedía que dejase su país, prometiéndole una nueva tierra, engrandecer su nombre y bendecirlo.

Abrán, Saray y su clan abandonaron su tierra, llevando consigo lo que pudieron. Al tiempo llegaron a Canaán (hoy en día Israel y las tierras palestinas). Sin embargo, estaban tristes porque no tenían hijos propios, algo considerado en aquellos tiempos como una maldición o castigo de los dioses. En respuesta a sus oraciones, Dios le promete que tendrán un hijo. Pero a Saray no le es posible quedar embarazada con lo que, según la tradición cultural de entonces, le ofrece su sirvienta Agar a su marido para que tenga un hijo con ella. De la unión entre Abrám y Agar nació Ismael.

Años más tarde Dios estableció una alianza con Abrám y sus descendientes. Dios hará fecundo a Abrán, de él nacerán pueblos y reyes, la tierra de Canaán será de Abrán para siempre y, por muy imposible que parezca, Saray tendrá un hijo. Abrán, a cambio, reconocerá a Dios como su único Dios. Símbolos de esta alianza serán la circuncisión de los varones y el hecho de que de ahora en adelante Abrán y Saray serán llamados Abrahán y Sara.

Al cabo del tiempo, Sara tuvo al hijo prometido, al que llamaron Isaac. El nacimiento de este niño provocó los celos entre Agar y Sara y ésta consiguió expulsar a Agar y a su hijo del clan. Pero la alegría de Abrahán por su hijo no duró mucho, ya que Dios le pidió que se lo ofreciese en sacrificio. Abrahám sabía que esto significaría el fin de su familia. Sin embargo, fiel a la alianza, Abraham llevó a Isaac para sacrificarlo. Una vez en el lugar del sacrificio, Abrahám tomó el cuchillo, pero de pronto un ángel del Señor le detuvo la mano. Abrahám había demostrado su fidelidad al Señor, incluso cuando había pensado que se le pedía un sacrificio tan grande. Esto marca también la diferencia entre las religiones politeístas de antaño y la religión monoteísta del judaísmo que comienza aquí. Dios no exige, como lo creían de los otros dioses, sacrificios humanos, sino simplemente la disposición a obedecer y a escuchar a Dios en todo.

Los años pasaron y Sara y Abrahán murieron. Su hijo Isaac se había casado con Rebeca. Así continuaron el linaje de la familia y se convirtieron en los herederos de las promesas de Dios.

¿Qué aspectos de Abrahán y Sara le gustan y cuáles no? ¿Cuáles son algunas de las cosas que podemos aprender de esta historia? ¿Le gustaría ser como Abrahám y Sara? ¿Por qué o por qué no?

 
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