La llamada al fuego

 

Por Ray Smith, C.M.F.

Quizás ya hayas sido aceptado a la vida religiosa o el seminario. Pasaste un proceso de solicitud largo, las entrevistas, las evaluaciones psicológicas y estás ahora viviendo tu sueño. Al principio es maravilloso: te sientes valorado, querido y estás donde Dios quiere que estés. Esto a menudo se llama la luna de miel, pero las lunas de miel no duran para siempre. Muchos han tenido o tendrán la experiencia de la desilusión, ya que el carisma no parece encajar, otros te tratan mal o injustamente, o luchas contra la soledad. ¿Significa esto que se ha terminado tu vocación?

Quizá oigamos a nuestros amigos decir, “¡Sal de ahí antes de que sea demasiado tarde!” Sin embargo, Jesús nunca prometió a sus seguidores un camino fácil ni quitar todas las dificultades. Sólo nos prometió acompañarnos en nuestro camino. Así que la buena noticia para cualquiera que esté enfrentando dificultades en su vocación es que eso no siempre significa que se haya terminado. ¿Qué hacemos, entonces, cuando la vida religiosa no es lo que imaginábamos o esperábamos?

El desafío de una vocación madura es dar nuestro sí no sólo en los momentos alegres de cuando entramos en la vida religiosa o el seminario, sino aprender cómo las dificultades nos invitan a dar un sí distinto a Dios. El discernimiento es un proceso continuo, no sólo cuando entramos. Muchas vocaciones verdaderas se pierden cuando se enfrentan a los fuegos de la vida, porque no tienen una buena guía para comprender la mano de Dios en esos momentos. Muchos seminaristas piensan, o se les dice, que simplemente tienen que orar más. Aunque la oración es crucial para toda vocación, no es la única respuesta.

Una razón común por la que muchas personas dejan su vocación es que luchan con el carisma o la ausencia de uno en su comunidad. La pregunta en esos momentos no es si pertenezco o no, sino si Dios me está llamando a buscar otro carisma. De la misma manera que la gente casada no encuentra a su cónyuge en la primera cita, hay que estar abiertos a buscar el lugar en donde estemos bien, incluso si eso significa el intentar en otra comunidad.

Otro desafío para muchos es cuando son maltratados por otros miembros de la comunidad. Es normal pensar que esto nunca debería ocurrir en la vida religiosa, pero la gente es gente y esto seguirá ocurriendo incluso en ambientes supuestamente santos. De nuevo, eso no significa el final de una vocación. Podría ser una invitación a trabajar en las relaciones interpersonales o, en caso de ingresar a una comunidad poco saludable, el momento de buscar una más sana.

El desafío final que experimentan muchos en la vida religiosa es lidiar con la soledad. Estar en un lugar nuevo rodeado de caras nuevas puede hacer sentirse solas especialmente a las personas introvertidas. Más que asumir automáticamente que la vida religiosa no es para ti, considera que incluso la gente casada puede sentir soledad. En esos momentos es mejor ver este sentimiento como una invitación a trabajar para construir mejores relaciones y recordar que cultivar la intimidad conlleva tiempo.

Si venimos a la vida religiosa para seguir a Jesús, las dificultades no son una señal de que la vocación ha terminado; más bien, las dificultades son una llamada a seguir a Jesús más cercanamente y es ahí donde nace verdaderamente nuestra vocación. Las vocaciones nacen en la alegría, pero maduran en el calor de los fuegos de la vida.

Tu turno

¿Qué le pedirías a una comunidad religiosa? ¿Te retiras de cosas que querías en cuanto te encuentras con dificultades?

 

 
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