Al otro lado de la frontera

 

Por Elisabeth Román

Con miles asesinados cada año por los cárteles de la droga, Ciudad Juárez ha sido denominada la ciudad más peligrosa del hemisferio. Es un lugar donde los residentes y los negocios pagan o sus propiedades son quemadas, y donde la violencia y la extorsión han drenado la economía. Juárez también es el sitio a donde el Padre Bill Morton, un misionero columbano, fue a vivir y servir.

Morton es el Director de Vocaciones de los Padres de San Columbano, sirve en el consejo regional, ofrece retiros, predica y trabaja con un refugio para la gente que busca asilo. En la década de 1990, mientras vivía en Dallas donde hizo misión en educación, justicia y paz, un amigo se le acercó para ir con un grupo de jóvenes a la frontera mexicana en Matamoros.

“Comencé a pensar que sería estupendo tener una misión en la frontera de Estados Unidos y México; conseguí el permiso de nuestro superior regional y, en 1996, inicié los Ministerios Columbanos de la Frontera. Desde el principio tuvimos experiencias de inmersión allí.

Cuando estaba conociendo el lado mexicano de la frontera, Morton se hizo amigo de un sacerdote y empezó a ayudar en su parroquia, en Juárez. En poco tiempo, los columbanos compraron tierra en la parte occidental de la diócesis. A pesar de los riesgos, muchas cosas positivas han surgido del ministerio de la frontera; una de ellas es el programa extraescolar que Morton comenzó con una vecina, Cristina Estrada.

Aunque Estrada tenía sólo cuarto grado de educación, se entusiasmó con educar a los niños y ayudar a la comunidad. Arreglaron una propiedad que hay detrás de su casa gracias a donaciones y hoy cerca de 400 estudiantes reciben becas y asistencia educacional en el programa. “Los ayudamos desde el kindergarten hasta la universidad. Ayudamos a pagar matrícula, uniformes, calzado, mochilas y efectos escolares”.

En 2006, Morton se vio obligado a salir de México. Los Zaragozas, una poderosa familia en Ciudad Juárez, comenzaron a confiscar propiedades, desalojar residentes, desmantelar el tendido eléctrico, construir cercas de alambre de púas y poner guardias de seguridad armados. Viviendas fueron derribadas y quemadas, y tres personas murieron, dos de ellas niños, cuando su casa fue incendiada. En ese momento, vivían más de 300 familias en el vecindario Lomas de Poleo, donde Morton trabajaba en una capilla pequeña. Hoy quedan sólo ocho familias.

“En realidad no hice nada políticamente, pero abogué por la gente. La Oficina de Justicia y Paz de los padres columbanos, en Washington, D.C. también ayudó. Me pidieron que declarara en la oficina del Ministro de Justicia mexicano, en 2006. Después recibí una cita de la oficina de inmigración, me dieron una multa de 1,000 pesos por trabajar sin un permiso y me ordenaron salir en 24 horas. Pregunté al oficial de inmigración quién había presentado la querella en mi contra y dijo que fue el abogado de los Zaragoza”.

Morton vive ahora en El Paso y cruza la frontera una vez por semana, para coordinar la recaudación de fondos para el programa de becas; mantiene un perfil muy bajo; no celebra misa ni tiene un ministerio público.

 

 
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